viernes, 30 de septiembre de 2011

Cara a Cara

        




"atrapado en los pensamientos que se vuelven tu única salida"


       Tenía doce años cuando llegaba de la secundaria y mi padre me recibía a golpes por reprobar alguna materia. Los maestros mandaban llamar a mi madre y ella le contaba a mi padre la razón. Siempre, malas noticias. Se hicieron una costumbre bimestre a bimestre; año con año; hasta que me dieron de baja.

        Mi padre era dedicado en lo que hacía, siempre admiré su conocimiento en la mecánica automotriz y su ejecución quirúrgica al atender un problema automovilístico. Y a la hora de sentenciar mis faltas estudiantiles no era la excepción. Había subido del jardín una raíz fresca de un árbol la cual semanas antes de azotarla en mis piernas, me había presentado. Este palo esta exquisito para los chingadazos Decía con vehemencia exagerada. En la faceta de padre estricto como en la  de mecánico, el viejo siempre estaba preparado para todo. Me hubiera gustado haber aprendido algo de él, pero siempre evitaba dirigirle la palabra.

         Aquel día que fui dado de baja reprobé cinco materias excepto educación artística y dibujo técnico. Sentí una extraña sensación. Había un nudo en mi garganta, un incómodo sentimiento de abandono y reproche. Mi madre me esperaba en la puerta de la secundaria al terminar la firma de boletas. Estaba roja del coraje. Si no fuese por la moral hipócrita que gobierna la época que vivimos, me hubiese dado una paliza ahí mismo. Ella era una persona estricta en su trabajo como en su casa. Siempre iba de un blanco impecable al hospital y sus hijos debían ir de igual pulcritud a la escuela. Solía llegar con adornos florales y regalos de sus pacientes que evidenciaban que era una enfermera excepcional. Por las mañanas, le contaba a mi padre los nuevos casos que llegaban a la unidad de cuidados intensivos. Siempre hablaba del tema con gran interés y emoción. Llegué a pensar que su trabajo era la mejor parte del día, pero que yo echaba a perder cada dos meses. Fue durante mucho tiempo, como esas madres que planean la vida de sus hijos en cinco minutos, y cualquier intento por destruir esos planes debía ser castigado severamente. Me dí cuenta de ésto el día que recibió la noticia de que su hija de diecisiete años estaba embarazada. Mi  madre reaccionó como un niño de cinco años al que le habían robado su juguete favorito. Lagrimas y más lagrimas porque su hija no terminaría la carrera en la escuela de Medicina. No le importaba si su hija podría tener complicaciones en el embarazo; no le importaba que el tipo que la embarazó la dejara sola con tal responsabilidad; por lo que a mi respecta, mí madre sufría por la vergüenza que iba a pasar y el no poder ver a su hija graduarse como doctora.

        Esa tarde de media decena de materias reprobadas había tentado las cadenas de mi sentencia. Pues mi madre ya le había dado la noticia a mi padre y era la peor en años.
        
        A lado de la secundaria había una iglesia. Por primera vez, sentí la necesidad de acercarme a algo que podría alejarme de mi destino al menos por ese día. Entré y me senté en la última banca. Me incliné y en lo más profundo de mi desesperación rogué porque aquella condena que me aguardaba nunca se realizara. Recuerdo también, que al final de ese día oscuro, no volví a creer en Dios jamás.

        Llegué a la casa, entré a la cocina y me dejé caer en una silla. Mi padre aún no llegaba y mis hermanos ya sabían la noticia. La noticia no era la fila de materias reprobadas o que me habían corrido de la secundaria. Era la paliza que me esperaba.  Qué más daba, decidí mentalizarme y suponer que al otro día olvidaría ese bochornoso momento. 

        Mi padre llegó y su mirada lo decía todo,  de esta no me salvaba. Tomó la raíz húmeda y me llamó a la habitación del televisor. Pasaron unos minutos cuando yacía sentado en la cama sobando mis manos y mis piernas, temblando,  con dificultad para respirar y chillar. Entonces en esos letargos de agonía y frustración apareció él. Un sujeto de unos veinticinco años que tenía el mismo lunar que yo. Me tendía la mano y me decía que todo iba a estar mejor. Limpiaba las lagrimas de mis mejillas y me hacía imaginar que había un lugar donde yo tomaba el control de algo inalcanzable único y especial, de mi vida. Terminaba de secar mis ojos en sus ropas oscuras mientras me abrazaba arrulladoramente. De pronto, se alejó de mí y se dirigió determinante a la cocina, donde estaba mi padre. Se acercó lentamente a él como un cazador que acecha a su presa y en tono murmurador le dijo algo al oído. Mi padre se desplomó como si le hubieran dado la peor de las noticias. Entonces llegaba mi hermano y me decía, ya vente a comer. 

        Así comprendes que la mejor parte del día es cuando estás solo, atrapado en los pensamientos que se vuelven tu única salida, al menos mientras pasa ese fastidioso momento. 

        Trece años después tengo a ese extraño sujeto de ropas negras frente al espejo. Entonces lo reconocí. Me acerqué lentamente a su oído y le dije lo siguiente: Estuviste ahí, en los días más oscuros para iluminarme pero, no me dejaste encontrar mi propia luz. Lejos de ti aprendí a ser directo, sagaz y violento cuando lo ameritaba. Muchos tiemblan en el campo de batalla, pero yo endurecí los nervios y la piel. ¿Cómo iba a ser yo de esos que quieren vivir para siempre?. Me hice siniestro, repulsivo, y poseo una franqueza que sólo los de amplias percepciones entienden.   No creo en los hombres de felicidad pasajera y escupo en la cara del que se hace llamar héroe. Ahora todos los que me rodean se volvieron de trapo húmedo y de emociones débiles. Sus sonrisas son muecas falsas y aman con un amor tan pobre que entristece al más bruto de los sabios. ¿Esperabas que te quisiera? ¿No lo sabías? El precio de poder enseñarme las cosas más sabias de la vida era mi desprecio. Dicho esto el extraño del espejo  me miró con una sonrisa maliciosa, se perdió en el reflejo y no volví a saber de él.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Diálogos Sin comenzar. (Fragmento I)





I


        ¡Padre! mira lo que encontré. –Dijo el niño llevando fragmentos de plástico desintegrado en la mano.
Era el envase de una cocacola, están por todos lados. –Respondió el padre sin reparo.
–¿Y la probaste alguna vez?
–Definitivamente no.
–¿Qué debió contener? –Insistió el pequeño– ¿quizás alguna sustancia psico-cosmética?.
–Nada en especial, sólo tenía demasiada azúcar. 
–¿Entonces era un estimulo momentáneo como la música y copular en exceso? 
–Realmente, así es– acentuó el hombre. 
El infante se quedó mirando a su padre esperando algo más conciso y continuó. 
–¿La etapa de la suplantación puede volver algún día? ¿volveríamos a los tiempos en que la especie necesitaba de una guía de sobrevivencia? ¿volvería de nuevo esa inútil necesidad de salvarnos de la muerte con Dioses como cómplices?  ¿Abusaremos del lenguaje para ocultar la realidad como hace mil años? No me gustaría ser un cobarde de esos, padre. –El hombre escuchó y se decidió a hablar.
–En los tiempos de la suplantación el hombre sufría demasiado. Fue un brete difícil en nuestro recorrido como especie. Ignorar el funcionamiento de la mente, su propósito y desobedecer sus leyes, pudieron habernos destruido. Ahora tira eso y toma el carcaj, nos vamos de cacería.

  

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MUJER ROMÁNTICA (Soneto)





Mujer Romántica


 Mujer de guerra y de estandarte,
 suspiras y te estremeces con el beso cálido,
mas no despiertas en los brazos del idiota pálido,
que suspira y se estremece al pensarte.

Mujer de eternos lazos,
ingrata, malvada. Dejas plantado en la soledad,
cual verdugo de su alma sin sobriedad,
 se desvela soñandote entre sus brazos. 

Mujer intuitiva, mujer compleja,
olfateas todo cuanto se acerca,
y amas todo aquel que de tu cobijo se aleja.

Mujer abandonada, mujer romántica, 
 dichoso el ingenuo que te ha tocado,
sin perderse en los laberintos de tu belleza cántica. 



lunes, 12 de septiembre de 2011

Suicidio Asistido


 "Para ser mediodía estaba nublado

y para morir también."

Eran las Ocho de la mañana de aquél lunes frío de noviembre cuando sonó el despertador pero no le hizo caso. Fueron hasta las once que se levantó para partir al banco. En la mesa de la cocina estaba todo listo; el periódico del viernes; las llaves del departamento; una mochila de viaje vacía; la escuadra calibre 22 .
Tomo el celular. Hola, soy Matías —dijo al buzón de voz de Verónica— No me envíes las últimas playeras que te pedí, saldré de viaje. Colgó. Encendió un cigarrillo y salió de prisa de la maloliente cocina.  
        El voceador de la esquina le entregó el periódico amarillista del día. Un hombre despedazado por las llantas de un Tráiler y el titulo coloquial de: ¡Aplastado! retrataba la página principal. 
—Bonita portada Don Chema —le dijo al vendedor.
—Sí, mijo, ¿Vio la de las ratas del Banamex el viernes? —Recalcó Don Chema frotándose las manos por el frío— Los dejaron irreconocibles, les vaciaron toda la escopeta.
         Matías dejó de mirar las revistas y se dirigió al banco más cercano. Ya era casi mediodía cuando llegó al parque que estaba frente a un BBV. Al ver una patrulla de la policía bancaria estacionada en doble fila frente al banco, se acomodó en la orilla de una fuente llena de basura. Ojeó las primeras páginas del periódico hasta que encontró un artículo que se refería al robo fallido de la Doctores. "Confirmados tres los muertos por robo en banco Banamex. Entre ellos un Policía y los dos Asaltantes" —Decía el comunicado.
         Terminó de leer las tiras cómicas y aventó el periódico a la fuente. Vació sus bolsas y tiró las llaves del departamento también. Estaba de pie cuando buscaba en la lista de contactos de su Alcatel roto a Karen. Le hubiera bastado al alma unas palabras de ella antes de irse para siempre, pero decidió dejar caer el celular a la fuente con la demás basura.
        El escenario le era perfecto; un banco  con vigilante; una patrulla de la bancaria y un convoy de dos camionetas de la SSP que arrimaban al lugar. La angustia se opacó por una apacible calma que se notó en su respiración y en sus últimos latidos. Para ser mediodía estaba nublado y para morir también.
        Marcaron las doce con veinticinco en el reloj del BBV cuando Matías decidió entrar. Desde la puerta sacó de la mochila la calibre 22 con el cartucho lleno y disparó al guardia de seguridad en la cabeza. Este cayó sobre las personas de la fila de "clientes" al momento que todos se dejaron caer al suelo. Esperaba gritos pero todos se quedaron mudos. Matías sin reparo arrimó a la caja de retiros y golpeó la ventanilla con la escuadra.  Mete el puto dinero —dijo sin reparo a la cajera que se agachó bajo el mostrador— sal o me chingo a todos estos pendejos.   
        Los policías de afuera no tardaron en aproximarse, pero el de la PBI llegó primero. Tírate al suelo hijo de tu puta madre —dijo el policía mientras le apuntaba con una escopeta en la espalda.
Matías volteó y sin apresurarse le ensartó una bala en la sien al sargento primero de 52 años.
        La cajera al escuchar el segundo balazo creyó muerto al asaltante y se levantó. Para su sorpresa tenia a éste apuntándole al pecho a través del cristal.
Mete todo el pinche dinero en la bolsa o te carga la chingada —Exclamó Matías con frenesí.
 La cajera tomó los fajos de billetes y los metió en la mochila.  Tres Policías de la SSP estaban intentando entrar al banco cuando Matías tomó la escopeta del PBI y los baleó a todos. Eran dos policías primeros de apoyo del sector "Del Valle" y al comandante de chocolate de la zona. Este último quedó irreconocible. La chilindrina, policía segundo y mano derecha del comandante, salió de la camioneta y empezó a disparar al banco sin tomar en cuenta las treinta y cinco personas en el lugar. Casi descarga su semi-automática cuando salió Matías con la mochila en mano. Se paró sobre los cristales de la puerta y vació la calibre 22 en la cara de la chilindrina.

        Matías se quedó parado en la banqueta del banco unos segundos con la escuadra en mano y un bochornoso sudor frío. En aquellos momentos en los que tenía una mochila llena de fajos, poco importaba ir al tianguis a poner el puesto de playeras que le heredó su difunta madre; poco importaba que karen, una perra que sólo le abría las piernas cuando tenía billetes, dejara de hablarle; poco importaba haber masacrado a cinco policías sin llevar pasamontañas y aparecer al día siguiente en los periódicos y noticieros de todo el país. Que más daba cuando el viernes pasado, su hermano y su padre salieron desfigurados por las balas en la portada principal de todos los diarios. —Se decía esto a sí mismo mientras caminaba  bajo la lluvia hacia la estación del metro.

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