domingo, 2 de octubre de 2011

El último sentimiento




        Aún nadie conoce esa parte de mi que se entrega febril al contorno de unos labios callados. Desconocen también mi pensar exhaustivo a unos ojos de pestañas lectoras de media noche. Sólo a través de mi deseo, sabría de la miel con la que bañaría su cuerpo, insana doncella.

        Atrapada entre mis brazos, tembloroso, fúnebre. Le pido cinco minutos. Cinco minutos son suficientes, mujer. Suficientes para imaginar que son una eternidad. Para amoldar tu frágil figura a mi pecho y acomodarme en tus cabellos cual si fuese mi ultima morada.

        Ya no escribiré poesías porque ningún verso iguala las emociones que nunca voy a poder entregarte. Sólo cinco minutos, sé la cómplice de la preferida de mis mentiras. Que serás mía para siempre. Nunca te gustó hablar de amor y fue la mejor advertencia que yo no quise escuchar. Pero, ni las advertencias ni las amenazas me espantan. Anda mujer. ¡Vete! Que la vida se pasa luego y el dolor muere con ella. ¡Vete! el atrapado soy yo. El nefasto, ingenuo, víctima de su desvelo deseándote. De nada eres culpable cuando el que se sentenciaba al extrañarte era yo. Cuando me permití volar sobre tus amaneceres futuros sabía que caer era más fácil que verte volar con migo. ¡Vete ya! Tú nada tienes que ver con esta maraña de sensaciones que me exprimen el pecho.
 
        La solté, pero ella se aferró a mi abrigo, separé sus brazos que cubrian mi cuello y le dije Adiós con la mirada.

  

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